UN LUGAR INCIERTOEl comisario Adamsberg sabía planchar las camisas; su
madre le había enseñado a aplanar la pieza de los hombros
y alisar la tela alrededor de los botones. Desenchufó la plancha,
guardó la ropa en su maleta. Afeitado, peinado, se iba a
Londres, era ineludible.
Corrió la silla para instalarse en el cuadrado de sol de la
cocina. La sala daba a tres lados, de modo que se pasaba el
tiempo desplazando la silla alrededor de la mesa redonda siguiendo
la luz, como el lagarto va dando la vuelta a la roca.
Adamsberg dejó su tazón de café del lado este y se sentó de
espaldas al calor.
Estaba de acuerdo en ir a ver Londres, comprobar si el Támesis
tenía el mismo olor a colada enmohecida que el Sena,
escuchar los gritos de las gaviotas. Cabía la posibilidad de
que las gaviotas gritaran distinto en inglés que en francés.
Pero no tendría tiempo. Tres días de coloquio, diez conferencias
por sesión, seis debates, una recepción. Habría más
de un centenar de policías de alto copete apiñados en ese
gran vestíbulo, maderos y nada más que maderos, venidos
de veintitrés países para optimizar la gran Europa policial y,
más precisamente, para «armonizar la gestión de los flujos
migratorios». Era el tema del coloquio.
Director de la Brigada Criminal de París, Adamsberg tendría
que hacer acto de presencia, pero no le preocupaba. Su
participación sería ligera, casi etérea, por una parte debido a
su hostilidad respecto a la «gestión de los flujos», por otra
porque nunca había sido capaz de memorizar una sola palabra
de inglés. Acabó tranquilamente su café, mientras leía el
mensaje que le había enviado el comandante Danglard. 13:20
en recepción. Puto túnel. Tengo chaqueta decente para vd.,
con corb.
Adamsberg pasó el pulgar por la pantalla de su teléfono,
borrando así el agobio de su adjunto como quien quita el
polvo a un mueble. Danglard estaba poco adaptado a la marcha
a pie, a la carrera, aún peor a los viajes. Cruzar la Mancha
por el túnel lo atormentaba tanto como pasar por encima
en avión. Aun así, no habría cedido su plaza a nadie. El
comandante llevaba treinta años anclado en la elegancia del
traje británico, en la que contaba para compensar su natural
carencia de estilo. Partiendo de esa opción vital, había extendido
su gratitud a todo el Reino Unido, convirtiéndose en el
arquetipo mismo del francés anglófilo, adepto de la finura de
modales, de la delicadeza, del humor discreto. Salvo cuando
abandonaba toda moderación, que es lo que constituye la diferencia
entre el francés anglófilo y el inglés de verdad. Así, la
perspectiva de pasar unos días en Londres le hacía ilusión,
con o sin flujo migratorio. Sólo quedaba superar el obstáculo
de ese puto túnel que atravesaría por primera vez.
Adamsberg enjuagó el tazón, cogió su maleta preguntándose
qué tipo de chaqueta y de corb había elegido para él el
comandante Danglard. Su vecino, el viejo Lucio, propinaba
fuertes golpes a la puerta acristalada, estremeciéndola con
su puño considerable. La Guerra Civil española se le había
llevado el brazo izquierdo cuando tenía nueve años, y parecía
que el derecho hubiera crecido en consecuencia para
concentrar en sí solo la dimensión y la fuerza de ambas manos.
Con el rostro pegado a los cristales, llamaba a Adamsberg
con la mirada, imperioso.
–Vente –farfulló en tono de mando–, no la saco ni de
coña. Necesito tu ayuda.
Adamsberg dejó su maleta fuera, en el jardincillo desordenado
que compartía con el viejo español.
–Me voy tres días a Londres, Lucio. Te ayudaré cuando
vuelva.
–Demasiado tarde –gruñó el viejo.
Y cuando Lucio gruñía así, con sus erres repiqueteantes,
producía un ruido tan sordo que Adamsberg tenía la impresión
de que el sonido brotaba directamente de la tierra.
Adamsberg levantó su maleta, con la mente ya proyectada
en la Estación del Norte.
–¿Qué es lo que no puedes sacar? –dijo con voz distante
mientras cerrab