ESPLENDOR Y GLORIA DE LA INTERNACIONAL PAPANATAS (2ª ED.) NOSTALGIA
DEL FELPUDO
En tiempos no muy lejanos, la mayoría de la población femenina
dejaba que el pelo de su pubis creciese sin problemas.
En los años sesenta y setenta, e incluso los ochenta, la nebulosa idea de libertad estaba tan presente que hasta presidía la peluquería púbica. Eran épocas en las que, en el revolcón, tras caer pantalones o faldas, al bajar las bragas
el bosque aparecía en todo su esplendor.
Como mucho, para que los pelos no sobresaliesen del bañador o del bikini, se depilaban la zona que se encarama
hacia los muslos. Pero—salvo contadas excepciones—eso era todo. La cosa duró hasta hace una década, más o menos, cuando depilarse dejó de ser una excentricidad lúbrica
para convertirse en lo habitual. Ya no se eliminaban sólo los pelos que se adentran en los muslos, sino también los del monte de Venus. Dos lustros más tarde, uno se encuentra
con formas de lo más diversas. Hemos pasado del jardín inglés al francés, con formas geométricas claramente
delimitadas. Se acabó la monotonía de antaño. Ahora la duda se repite en cada ocasión: ¿a ver qué habrá aquí…? Los grandes volúmenes pilosos se ven reducidos a formas estilizadas: un simpático caminito zigzagueante que prolonga
la línea de los labios vaginales, una pequeña nubecita,
la opción depilado total (con piercing en el labio mayor
derecho, pongamos) o incluso un triangulito trazado como con tiralíneas.
Todo eso está muy bien. Pero ¿qué se hizo del entrañable felpudo? Que la nostalgia por el matojo silvestre la comparten
muchas personas lo demuestra el hecho de que empie
za a haber webs dedicadas a los coños de los setenta. Hay muchas; una de ellas se presenta con un canto de añoranza: «Recuerde usted aquellos años maravillosos: sin el problema
del sida, follando todos como condenados, sin enojosas tetas de silicona… Unos años en los que las maquinillas de afeitar eran herramientas que sólo utilizaban los hombres».
¿Esa nueva nostalgia significa que pronto cambiará la moda y volveremos a los abundantes pastos de antaño? Para nada. Harán falta lustros para que empiece a quedar resultón
presentarle al partenaire un matojo tupido. En aras de la biodiversidad, lo ideal sería que ambas tendencias conviviesen.
En la variedad está el gusto. Pero parece que lo pone difícil el borreguismo implícito en toda moda. Basta recordar
lo que sucedió con las axilas. Explican que, en épocas pretéritas, las mujeres no se las afeitaban. Lo creo porque he visto fotos y películas en las que mujeres impresionantes
exhiben pelo en las axilas. Pero un día la moda cambió y todas pasaron a depilárselas. Desde entonces, nunca más hemos vuelto a ello, a excepción, en los sesenta y setenta, de algún sector radical del feminismo, que no se depilaba
ni las piernas. Desde entonces, los amantes del pelo en el sobaco femenino tienen como máximo consuelo ver de cuando en cuando el vídeo de Arroz amargo, aquella película
en la que la espléndida Silvana Mangano mostraba, al levantar
los brazos, un sensualísimo chaparro. Sería una lástima
que con el pelo púbico pasase lo mismo y las nuevas generaciones tuviesen que conformarse con contemplarlo en las webs nostálgicas.
EL CHÁNDAL
Y LA INMOBILIARIA
La noticia apareció hace unos días en la prensa, en un rincón
discreto, en lo que los profesionales llaman un breve. Se trata de una resolución judicial contra el uso del chándal
en el lugar de trabajo. Sólo con el titular ya ves de qué va el asunto: alguien va a trabajar con chándal, la empresa le dice que con chándal no puede ir, el trabajador insiste en su indumentaria y la cosa acaba en los tribunales.
Hasta aquí, todo correcto. Disputas de ésas las hay a montones. Lo sorprendente es el país donde ésta sucede. En Francia: «El Tribunal Supremo de Francia ha validado
la rescisión del contrato de una trabajadora de una inmobiliaria
de Niza porque el chándal no es una prenda adecuada para atender a los clientes». Nótese el delicado<