EL CORAZON DEL OCEANO: UNA NOVELA SOBRE LA PRIMERA EXPEDICION DE MUJERES AL NUEVO MUNDO

la llegada de las ochenta damas causó una auténtica conmoción

en el Arenal, el puerto fluvial de Sevilla.

Los comerciantes, vendedores, marineros, estibadores, carreteros,

calafates, carpinteros, pícaros y esclavos que pululaban

por el puerto dejaron de lado sus tareas para verlas embarcar.

En medio de aquel revuelo, comenzaron a circular

toda clase de rumores:

—Me han dicho que llevan a esas damiselas al Nuevo

Mundo para casarlas con conquistadores.

—¡Pero si no son más que unas niñas!

—Las que lleguen… ya serán mujeres. Que el viaje es largo

y en algo habrán de entretenerse.

—¡Cucharón de alcornoque, que son muy tiernas! Además,

¡qué dirían sus esposos!

Invisible y enfadosa,

sin duda es la doncellez,

pues en los tiempos que corren

ninguno la logra ver.

Recitó entre risas el estibador.

Abría la marcha doña Mencía, capitana de la expedición,

apoyándose en el brazo de su hijo Diego. La seguían en fila las

damitas, vigiladas de cerca por doña Sancha y otras cinco dueñas,

contratadas para este propósito, que, vara en mano, mantenían

a raya a los que osaran acercarse.

—¡Que no se aparte ninguna de la fila! —ordenó doña

Sancha en cuanto traspasaron la puerta del Arenal—. ¡Y vosotras

empleaos más a fondo con la vara, que hay muchos moscones!

La cándida frescura de las jóvenes —oscilaban entre los

doce y quince años, solo alguna llegaba a los dieciséis—, la

brevedad de sus talles, su lozana belleza y sus tiernas y coquetas

sonrisas levantaron bramidos de admiración.

—Oh, hi de puta, ¡qué carnes más blancas! ¡Y qué frescas!

—comentó un carretero.

—¡No he visto tantas cabelleras rubias y tan bien adereza-

das en mi vida! —replicó su compadre—. A menos que sean

postizas.

Las muchachas llevaban muchos días preparándose para

este desfile. Se habían blanqueado la cara con blanduras de

solimán y albayalde y coloreado las mejillas, las sienes y las

palmas de las manos con mudas de Granada. Casi todas habían

teñido o aclarado sus cabellos con lejías para parecer más

rubias. Y se habían ayudado unas a otras a hacerse complicados

peinados de trenzas, rizos, rodetes y guedejas que sujetaban

con vistosas cintas de colores.

—¡Y qué me dices de los trajes que llevan! Si parecen damas

de la corte.

Como era costumbre, se habían puesto sus mejores galas

para el viaje. El sol tempranero hacía refulgir las sedas, brocados,

tafetanes y muselinas de sus vestidos y las joyas con las

que se adornaban: lazos de pedrería, cintillas de perlas, botones

de plata, camafeos o rosarios de filigrana.

Sus hidalgas familias, aunque arruinadas, se habían esforzado

en proporcionarles lo mejor de sus arcones, para paliar el

remordimiento que les producía enviar a sus hijas a matrimoniar

al Nuevo Mundo, por no disponer de dinero con que

dotarlas.

Aquel despliegue de tiernas bellezas, talles juncales, joyas

y suntuosos vestidos, levantó bramidos de deseo entre

los mirones del Arenal. De las bocas de estas rudas gentes,

poco acostumbradas a las ternezas, salían toda clase de brutalidades:

Quisiera ser pirata,

más que por oro o por plata,

por lo que hay entre tus patas.

Fue de lo más cortés que escucharon.

Al oír cómo las requebraban, con más groserías que lisonjas,

Ana se preguntó si los hidalgos que las esperaban en Asunción

serían tan rudos como esos. Se estremeció al caer en la cuenta

de que, más que hidalgos educados, serían soldados, aventureros,

pícaros o rufianes que habrían adquirido respetabilidad

matando y robando a los indios. Sintió una opresión en el estómago.

«¿Cómo no lo habré pensado antes? Al contrario que a

mis compañeras, me ofrecieron la posibilidad de elegir. Aunque

¿qué opciones tenía? Ningún convento me hubiese admitido

sin dote y habría acabado en casa de alguno de mis hermanos,

criando a mis sobrinos. Cuando me comprometieron para el

viaje, con tan solo doce años, la curiosidad por conocer otro

mundo